miércoles 11 de julio de 2007

Cumplir

Escrito por damonsan 2 comentarios

Era el momento más importante de su carrera deportiva, ese tiro libre podía cambiarle la vida. Tan sólo tenía que fallarlo. Fallarlo.

Rodó el balón por la palma de su mano…

Toda su vida le vino a la cabeza. Recordó a ese niño gordito y bajito que había recibido las primeras burlas de sus compañeros de clase. Ese niño que se esforzaba por compensar sus deficiencias físicas entrenando más y mejor que sus compañeros del equipo de mini-basket del colegio. Ese niño que siempre calentaba banquillo y que jamás tuvo la confianza de su entrenador infantil. Tan sólo tenía que fallarlo, sólo fallarlo.

Botó la pelota una vez…

Ese niño regordete llegó al instituto y dio un estirón tardío, que le sirvió para dejar atrás las burlas y le otorgó la posibilidad de ser considerado uno más, sin embargo, ya había asumido su rutina de ser solitario. Continuó entrenando más y mejor que el resto, no quería dar la oportunidad a nadie de superarlo, su cambio fisiológico le aportó la fuerza que necesitaba para hacerse un sitio en el equipo y no tardó en convertirse en el referente de sus compañeros dentro del campo ya que fuera de él continuaron ignorándolo por su dificultad a la hora de expresarse. Fállalo, fállalo, fállalo.

Dos veces…

Tuvo la suerte de convertirse en profesional y se juró que no pararía hasta ser considerado uno de los grandes, no obstante nunca lo consiguió. Una incómoda lesión en la rodilla le obligaba desde hacía años a jugar infiltrado, a entrenar peor que sus compañeros y poco a poco se fue convirtiendo en carne de banquillo, relegado cada vez más a equipos inferiores y finalmente implorando una oportunidad en equipos menores. Tan sólo tenía que fallarlo, sólo fallarlo.

Tres veces…

Pero este año habían dado la sorpresa, había encontrado un nuevo medicamento que le aliviaba la rodilla, un medicamento prohibido que le había permitido entrenar más y mejor, disfrutar más que nunca de su deporte, compartir por fin su amor al juego con sus compañeros. Debía fallarlo, fallarlo.

Flexionó las rodillas….

Hacía dos días que lo habían descubierto infiltrándose. Había sido descuidado. El partido de semifinales en el que se decidía el ascenso, sumido en la emoción, había olvidado hacerlo en el hotel. Cuando llegó al estadio, fue directo al baño público y allí hizo lo que necesitaba, pero uno de los jugadores del otro equipo favorito para ascender apareció de repente en el urinario y lo descubrió tomando su dosis. Fállalo. Falla ese tiro libre.

Se dispuso a lanzar la pelota…

No dudaron en chantajearlo y por primera vez en su vida sintió lástima de alguien distinto a si mismo, sus compañeros. Con ellos había vuelto a disfrutar, a reír, a vivir y ahora iban a pagar por su descuido. Sintió el áspero sabor del remordimiento, la pesada carga de la culpabilidad y aceptó perder el partido a cambio del silencio. Fállalo.

Notó el frío calor de la pelota despegándose de su muñeca, pero él no la había lanzado. No lo hizo a propósito, pero se le resbaló de la mano y el esférico se elevó hacía el techo del pabellón en una búsqueda indeseada del aro de la canasta. Entra, entra, ¡Entra!

Mantuvo la respiración mientras observaba el vuelo esférico de sus ilusiones, aguantó las ganas de llorar cuando vio que golpeaba en el aro, gritó de alegría cuando su compañero rozó la pelota y lo dirigió inexorablemente hacía su objetivo.

Sin embargo, nunca llegó a saber el resultado del partido. Un infarto cerebral le sobrevino en ese mismo instante y se desvaneció. Sus compañeros lloraron como nunca habían llorado: su compañero en el suelo, su objetivo roto por un error inenarrable, sus ilusiones perdidas por un segundo fatídico.

Todavía hoy lo recuerdan en su pabellón. Es un modelo para los niños del colegio que lo idolatran. Se ha convertido en el símbolo del equipo por su lucha y será recordado siempre, por los tiempos de los tiempos.

Finalmente había cumplido, falló el tiro libre y su equipo perdió el partido.

Comentarios 2 comentarios
Manchas de Humedad dijo...

Gracias por la expresion y transparencia, me siento en casa con tus palabras...inusual escencia la tuya...un abrazo

una vez me dijieron que la vida es una comedia cuando sientes...y una tragedia cuando piensas...
siente!...sigue asi..
namárie.

Anónimo dijo...

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